by Federación de Peñas Herculanas
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por Federación de Peñas Herculanas
Hay algo especialmente doloroso en lo que le ha ocurrido al Hércules durante estos últimos 26 años.
Y es que el deterioro del club no ha sido consecuencia de una crisis puntual, una mala temporada o una desgracia inevitable.
Ha sido lento.
Constante.
Progresivo.
Una decadencia que se ha ido normalizando hasta convertir lo excepcional en costumbre.
La familia Ortiz Carratalá llegó al Hércules para gestionar uno de los clubes históricos del fútbol español.
Un club con identidad.
Con peso social.
Con ambición.
Con una afición capaz de llenar el Rico Pérez incluso en los peores momentos.
Un club que durante décadas fue la referencia futbolística de la provincia y que jamás miraba hacia abajo para compararse con nadie.
Veintiséis años después, la realidad es devastadora.
El Hércules, que durante décadas fue el gran referente futbolístico de la provincia y el club que dominaba con claridad el panorama alicantino, ha visto cómo su posición se deterioraba año tras año hasta perder el lugar que históricamente ocupaba.
Mientras otras entidades que atravesaron situaciones similares han sabido reconstruirse, regresar al fútbol profesional e incluso asentarse nuevamente en la élite, el conjunto blanquiazul continúa atrapado en una decadencia prolongada.
Al mismo tiempo, clubes que hasta hace no demasiado tiempo se encontraban varios escalones por debajo han desarrollado proyectos más sólidos, estables y ambiciosos, adelantando al Hércules tanto en lo deportivo como en lo institucional.
Y durante todos estos años, los herculanos hemos tenido que acostumbrarnos a algo que antes habría parecido imposible: ver a nuestro club compartiendo categoría o incluso quedando por detrás de equipos que históricamente ocupaban un papel secundario dentro del fútbol de la provincia.
No por accidente.
No de forma puntual.
Sino como consecuencia de una decadencia prolongada en el tiempo.
Quizá eso sea lo más demoledor de todo.
Habéis conseguido empequeñecer al Hércules.
Habéis conseguido que generaciones enteras de aficionados crezcan normalizando lo inaceptable: celebrar permanencias en categorías impropias de este escudo, conformarse con “no sufrir” y vivir cada temporada con más miedo al ridículo que ilusión por crecer.
Porque gestionar un club no consiste únicamente en mantenerlo vivo jurídicamente.
Gestionar un club es hacerlo crecer.
Darle estabilidad.
Construir estructura.
Dejar legado.
Y cuesta encontrar cuál es exactamente el legado deportivo e institucional que deja la familia Ortiz Carratalá tras más de dos décadas de control absoluto.
El Hércules sigue sin ciudad deportiva propia.
La cantera sobrevive más por el esfuerzo de entrenadores y familias que por una estructura sólida detrás.
El club transmite improvisación constante.
Y la distancia emocional entre la propiedad y la afición parece cada vez mayor.
Mientras tanto, se presentan proyectos internacionales, campañas de imagen y discursos de crecimiento que chocan frontalmente con la realidad cotidiana que vive el herculanismo.
Porque no se puede vender grandeza fuera cuando internamente el club lleva años empequeñeciéndose.
Y, aun así, pese a todo, la afición sigue aquí.
Siguen los desplazamientos.
Siguen los recibimientos.
Siguen las colas para abonarse.
Sigue la gente defendiendo un escudo incluso cuando siente que quienes lo controlan no han sabido estar a la altura de su historia.
El Hércules merecía y merece mucho más.
Y quizá precisamente por respeto a la historia del club, a su afición y a todo lo que representa este escudo, ha llegado el momento de entender que vuestra etapa al frente del Hércules debería terminar.
No desde el odio ni desde el rencor.
Sino desde una realidad que después de 26 años resulta imposible ignorar:
Vuestra gestión no ha conseguido devolver al Hércules al lugar que merece y, mientras el tiempo pasa, el club continúa alejándose cada vez más de él.
Porque a veces la mejor forma de ayudar a una institución histórica no es aferrarse a ella.
Es saber dar un paso al lado antes de que el deterioro sea irreversible.
Y esta reflexión tampoco debería pasar desapercibida para las instituciones públicas.
Porque el Hércules no es solo una sociedad anónima deportiva.
Es parte de la historia, la identidad y la imagen de Alicante.
Y durante demasiados años, independientemente del color político de cada momento, se ha normalizado el deterioro constante de una entidad histórica mientras el club perdía relevancia temporada tras temporada.
Esto no debería ir de política.
Debería ir de responsabilidad institucional y de proteger uno de los mayores símbolos deportivos de esta ciudad antes de que el daño sea irreversible.
Por todo ello, los herculanos creemos que ha llegado el momento de una nueva etapa donde la familia Ortiz Carratalá dé un paso al lado.
Necesitamos otra visión, otra gestión y otra forma de entender lo que representa el Hércules para esta ciudad.
Y eso pasa, inevitablemente, por facilitar una transición que permita que el club quede en manos de un proyecto capaz de devolverle estabilidad, ambición y futuro.
Porque el Hércules no necesita sobrevivir.
Necesita volver a crecer para recuperar el lugar que merece.
Ahora y siempre, ¡Macho Hércules!
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